Cuando decimos ‘ministro’ estamos acostumbrados a pensar en los ministros ordenados. Aquellos que han recibido por un sacramento el oficio pastoral en la comunidad y a quienes ciertamente les corresponde este título. Sin embargo la función ministerial que ellos desempeñan de hecho coexiste con otros servicios eclesiales que también son expresión de la ministerialidad de la Iglesia. Cuando hablamos de ministerio nos referimos a una función que alguien desempeña por encargo, por delegación, por mandato de otro y para el bien común de un determinado cuerpo social. En el caso de los ministerios en la Iglesia, el ministro obra en nombre de Cristo y para la construcción del Reino. La misión de Cristo, que vino a instaurar el reinado de Dios, es una misión fundacional. En su Palabra y en sus acciones, encontramos los datos de lo que Él quiso establecer para que se concretara en el mundo y a través de los tiempos aquel Reino de Dios que proclamó. Si la misión de Jesús es “fundacional” la misión de la Iglesia es de “expansión”. Ella debe prolongar a través de los tiempos lo que su Maestro y Señor le encomendó. Toda la Iglesia es “ministerial”, porque toda ella recibe del Señor la convocatoria para llevar a cabo la misión encomendada a través de diversos servicios o ministerios, que han de asumir los “carismas’ con que el Espíritu enriquece y nima a la comunidad. Es importante subrayar que el término ministerio significa servicio. Jesucristo “ministro – servidor” dice a todo el que quiera seguirle y sumarse a su causa “el que de ustedes quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes y si alguno quiere ser el primero entre ustedes, que se haga esclavo de todos. Como el Hijo del hombre que no vino a ser servido, sino a servir… “(Mt. 20, 26-28) Para los catequistas laicos, esta condición suya dentro del pueblo de Dios, tendrá particulares características. El hecho de asumir un ministerio eclesial debe ser comprendido y ejercido desde su condición laical. Nos referimos concretamente al ministerio de la catequesis ejercido por catequistas laicos. Destacamos sí, que es necesario diversificar las tareas múltiples que la Iglesia debe atender en responsabilidades compartidas, donde muchos asuman compromisos estables o temporarios, donde se integre tanto el servicio de los ministros ordenados, como el de los laicos que asumen ministerios y servicios diversos. Así seremos visiblemente una iglesia: cuerpo vital, dinámica y servidora… Aquella diversidad de servicios y ministerios debe atender tanto a las necesidades internas de las comunidades, como también y principalmente a la presencia de la Iglesia en medio de la sociedad. Sobre este particular, sin, duda hay que trabajar mucho todavía.